En el telar de la reforma protestante

En el telar de la reforma protestante

El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero colgó sus famosas 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, Alemania. Se toma ese acontecimiento como el inicio de la Reforma Protestante y al monje agustino como su más emblemático precursor. A 508 años de ello, seguimos revisando las causas que se conjugaron para que se produjera el disruptivo movimiento reformador, las consecuencias que trajo y las lecciones que dejó a la humanidad y a la cristiandad de todos los tiempos.

Se han hecho variados y valiosos acercamientos a este hito: historiográficos, socioculturales y, por supuesto, religiosos. Desde nuestra tradición evangélica, se ha explorado sobre todo la experiencia de conversión de Lutero, el retorno a la Biblia (al evangelio de Jesús y al Jesús de los evangelios), el rescate de ciertos rasgos de la fe (la justificación por medio de la fe y el sacerdocio universal de los creyentes, entre otros), y particularmente la trascendencia de las llamadas Solas (Solo Escritura, solo Cristo, solo gracia, solo fe y solo la gloria de Dios). Más recientemente, se viene insistiendo en la necesidad de pluralizar la Reforma, hablar de “reformas”, a fin de apreciar mejor su complejidad y riqueza.

Más que aludir a alguno de esos acercamientos, que tienen su valor, me gustaría sugerir una especie de metodología sencilla que nos ayude a conmemorar cada vez la Reforma Protestante, o “las reformas”. Para ello, recurriré a la metáfora del “telar”, ese artefacto antiquísimo usado para tejer. Sabemos que los hay de madera o metal, industriales o artesanales, y que se diferencian entre horizontales, verticales y de bastidores. El telar permite que el cruce de hilos sueltos resulte en la formación de llamativos tapices. Como con el telar, en la Reforma Protestante podemos figurarnos la conjugación de factores con consecuencias significativas para la fe, la vida cristiana y la misión en cada generación. 

Apreciemos la “coincidencia” de determinados “hilos”, de diferentes colores y texturas, que sirvieron de materia prima. Para entonces, reinaba un descontento generalizado: en lo político, los príncipes y reyes europeos reclamaban más autonomía; en lo cultural, emergía un cambio de mentalidad impulsado por las lógicas individualistas y racionalistas del humanismo renacentista; en lo religioso, la corrupción del clero de la Iglesia Católica atizó una profunda insatisfacción en la feligresía y sociedad en general. Esto muestra, entre otras cosas, que Dios no sólo se revela en la historia, sino que usa los acontecimientos para manifestar su carácter y cumplir sus propósitos. 

Notemos cómo se abrieron “caladas” de oportunidades en varios ámbitos. La Reforma ayudó a que el avance de las artes, la literatura, las ciencias, la política y hasta la teología aportaran las nociones que servirían de base para la irrupción de un nuevo mundo. Gracias a la imprenta, en cuestión de semanas, las tesis de Lutero corrieron por toda Alemania. A pocos meses, inundaron buena parte de Europa. Muy pronto, otros reformadores se unieron a la causa: Ulrich Zwinglio en Suiza y Juan Calvino en Francia, por ejemplo. Cuando las circunstancias lo demandan y las condiciones se dan, hay que saber aprovecharlas.

Durante la Reforma se dio una tensión dinámica y creativa entre lo permanente y lo temporal. En un telar, la “urdimbre” son los hilos longitudinales que se fijan verticalmente, y la “trama” son los transversales que, al moverse, se entrelazan con la urdimbre. Sin ese cruce, no puede haber creación alguna. La soberanía divina, la dignidad humana (creados y caídos), la suficiencia de la gracia del evangelio, el reino de Dios y su justicia, entre otros principios escriturarios, sirvieron de urdimbre. Con ellos, se entrecruzaron las tramas de pobreza, violencia, orfandad espiritual, institucionalización de la fe, abusos de poder del momento.       

También se formaron “nudos”. En el telar, estos pueden darse de modo voluntario e involuntario. Los primeros amarran tejidos o corrigen discontinuidades, los otros se crean bien por defecto del hilo o fallos del propio artesano. Hubo nudos teológicos, los reformadores no siempre estuvieron de acuerdo en sus interpretaciones bíblico teológicas y respuestas pastorales. Los hubo también humanos y sociales. Ciertas actitudes y acciones por parte de los reformadores, humanos al fin, lucen cuestionables: a veces, rehuyeron la coherencia radical del evangelio y al compromiso profético, otras veces cedieron a la soberbia, incluso a la hostilidad que pretendían combatir. Asumir los cambios implica riesgos y hasta errores, los que hay que evitar, pero siempre será preferible hacer algo, a dejarse paralizar por el miedo, la cobardía y la complicidad.

En el telar de la Reforma Protestante, nos maravilla la grandeza de Dios, al tiempo que nos interpelan nuestras miserias y arrogancias. Ahí somos invitados por la fe a la fiesta de la gracia de Dios en Cristo. Somos desafiados también a denunciar la injusticia, venga de donde venga, y a promover la vida, la justicia y la verdad. Recordamos que el Dios de la historia lo es también de nuestras pequeñas historias (personales y sociales). En ese telar, aprendemos que la soberanía divina (urdimbre) se entrelaza con las aspiraciones humanas (tramas) para tejer tapices de vida plena.